Les encanta la noche. Mucho más si se sumerge en una copa de alcohol. Es su espacio de liberación. Ahí se divierten más, se desinhiben, se enamoran. Eso sí, al terminar la ronda de tragos, en el bar o el boliche, llega la pregunta obligada: "¿Dónde estarán?", pregunta uno. "Por las dudas, evitemos las avenidas y rutas", sugieren otros. Estar atentos no siempre es garantía de esquivar los controles de alcoholemia que cada fin de semana salpican la provincia. Mucho menos les asegurará viajar sin correr peligros. Los jóvenes, en general, se sienten en buenas condiciones para manejar. Salir en auto, dicen, les da una mejor imagen. Y salvo que se encuentren en condiciones deplorables no cederían el volante a un amigo "sano".
Se calcula que el 55% de los 140.000 jóvenes que sale a bailar cada fin de semana en el Gran San Miguel lo hace en su vehículo. Poco más de la mitad de los que salen regularmente consume alcohol, informó la Agencia Nacional de Seguridad Vial. Esa combinación no tiene resultados causales: los accidentes de tránsito es la primera causa de muerte de este grupo de entre 18 y 25 años.
Operativos
Este año se labraron más de 400 infracciones que derivaron en el secuestro de un rodado. Y hay un dato relevante: la mayoría de las sanciones involucran a conductores que circulaban con un nivel de alcohol en sangre cuatro veces superior al mínimo permitido por la legislación vigente (0,5 gramos), detalló la Dirección de Transporte. De todas formas, las pruebas de sobriedad ofrecen una pauta aislada sobre la cantidad de personas que manejan excedidos de copas. La otra cara se ve en los hospitales: el alcohol es la sustancia psicoactiva con mayor impacto sobre el sistema de emergencias.
Algo está fallando en las rutas. La ley, las investigaciones médicas y la cultura de la gente van por caminos distintos. El problema es que en algún punto se encuentran. Y chocan. ¿Cuántos tragos me puedo tomar sin que mi capacidad para conducir se vea afectada? La respuesta que dan las últimas investigaciones es rotunda: ninguno. La más mínima cantidad de alcohol incrementa el riesgo de sufrir un siniestro, incluso por debajo de los límites legales, de acuerdo con un análisis publicado por la reconocida revista de neurología "Addiction".
Los autores del trabajo investigaron todos los accidentes de tráfico registrados en Estados Unidos durante más de una década. Comprobaron que había una clara correlación entre la gravedad de los siniestros y cuánto habían bebido los conductores, y que ninguna cantidad etílica en el organismo es segura.
De acuerdo con un estudio que realizó en Tucumán el Centro de Atención Interdisciplinaria (CAIS), a cargo del doctor Gustavo Marangoni, está claro que después de la segunda copa las personas sufren efectos en el cuerpo, en la destreza visual y en los reflejos, lo cual puede afectar a la hora de manejar. Tras el tercer vaso, por ejemplo, un conductor puede invadir el carril contrario sin darse cuenta inmediatamente.
La investigación evaluó a unas 7.000 personas que habían ido a comer a un lugar determinado. Se les dio de beber alcohol y les hicieron las pruebas de coordinación: caminar sobre una misma línea sin desplazarse y movilizarse hacia adelante y hacia atrás cerrando los ojos. En la mayoría de los casos, después de la segunda copa empezaban a fallar (salvo contadas excepciones). También se les evaluaron los actos reflejos. Sucedió lo mismo: tres vasos encima y adiós a la concentración.
Pruebas de alcoholemia o cantidad de copas no son parámetros que den seguridad, aclara Marangoni. La razón es simple: si a una gota de alcohol se le suma la alta velocidad, el resultado, en el 90% de los casos, es un accidente. Y la historia, lo más probable, es que no se pueda contar en primera persona.